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Son múltiples
las razones que llevan a la elección de estas vacaciones.
Los clientes que hasta hoy me han honrado con su visita —de
toda condición por profesión y nacionalidad— siempre han
sido acogidos con la sonrisa y el carácter hospitalario de
mi tierra, han gozado de la paz y de los pequeños grandes
ingenios de la cultura rural que nos ha precedido,
inmortalizados en obras como los trulli y las cummerse, en
los kilómetros y kilómetros de ribazos construidos en seco
que encierran la fuerza milenaria de una legión de olivos
vestidos de verde y plata a la luz del sol.
Los colores, los manjares, las sonrisas, los gestos, un
lienzo inmenso cuya hermosura se acrecienta bajo la mirada
de los agradecidos visitantes, que con su aportación
contribuyen a valorizar esta parte no olvidada del sur.
La mayor satisfacción de quien, como yo, se ha dedicado con
pasión a promover la recuperación de estas antiguas
construcciones, es la de constatar las emociones que estas
suscitan en los huéspedes: cuando, en los ojos de los que se
van, vislumbro un atisbo de melancolía me convenzo de que la
verdadera magia de los trulli reside en el hecho de que
tocan la fibra sensible más recóndita de nuestro ánimo
brindándonos la oportunidad de redescubrir un pedacito de
aquel romanticismo y de aquella ligereza pretéritos perdidos
en el caos frenético de los ritmos modernos.
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